viernes, 8 de septiembre de 2017

"IMAGINE"








SERTORIO

Si la muerte de Europa tiene una canción, sin duda es Imagine, resumen del pensamiento de los sesenta, la década prodigiosa que nos dejó un futuro sembrado de minas que ahora nos estallan en cadena.

Imagine tiene la virtud de su sencillez musical y lírica, que emite ideas muy simples y de una potencia enormemente destructiva. Todo el credo mundialista que nos aflige se concentra en sus elementales estrofas, que llegan a cualquier entendimiento por muy mediano que sea; es la característica de las canciones pegadizas: un mastuerzo puede repetir su letra con la ayuda del ritmo, técnica que está en los orígenes de la expresión poética y que funcionó desde los rapsodas homéricos hasta los romances de ciego. La diferencia es que ahora nuestra capacidad retentiva se halla tan disminuida que sólo unos versos muy breves, como los de Imagine, pueden arraigar en el cerebro sin memoria de las masas. Además, la música llega a la parte emocional de nuestra personalidad, no tiene las intermediaciones más racionales de la literatura o, incluso, de la pintura. Por todo ello, Imagine resulta más destructora que un ejército de blindados y su expansión a lo largo de casi medio siglo así lo demuestra. La ONU no podría escoger un himno que mejor refleje sus fines.

Si resumiésemos el contenido de la canción nos saldría algo como esto: No hay cielo, no hay infierno; la religión, la patria, la propiedad y la moral son malas; si no existiesen, todos viviríamos felices en un mundo unido y en paz. Es un mensaje antiguo, que no ha dejado de sonar en Europa de una manera o de otra desde que Rousseau escribió El Contrato Social y ese monstruo pedagógico que fue Emilio. La ventaja de Lennon sobre el ginebrino es su absoluta falta de nivel intelectual; mientras que los libros de Juan Jacobo se siguen leyendo muy bien y son clásicos de la literatura francesa, en especial sus Rêveries y las siempre apasionantes Confessions, Lennon es un icono de masas, carente de hondura y de estilo, pero que por su misma superficialidad llega magníficamente bien al vulgo. Rousseau exige un esfuerzo intelectual que el hombre sin atributos de la posmodernidad no es capaz de realizar, su intelecto warholiano apenas llega para entender una mínima cancioncilla.

La inteligencia no hace falta en la era de la publicidad, más bien es un estorbo. Eslóganes facilones y cancioncitas pegadizas forjan el alma del consumidor alienado, ese zombi que invade los centros comerciales, se aglomera en los estadios e infesta los grandes museos, donde guarda gigantescas colas para ver lo que no entiende, pero que debe ser muy bueno ya que lo anuncian. Este es el destinatario de Imagine: el rebelde sin causa, el niñato protestón y mimado; el vitellone occidental: frívolo, irresponsable e ignorante, perpetuo hijo tonto de mamá que nunca crece, que ha sido formado en los valores de la Contracultura de los sesenta, pero que vive como un buen burgués, comodón y timorato; un radical limitado siempre por su egotismo; en definitiva, un adolescente perpetuo. Nuestro sistema educativo los produce por millones, son la gran cosecha humana de los últimos sesenta años. A todos ellos, en las clases de Inglés, de Historia, de Ciudadanía o hasta de Religión (de los curas bergoglios libera nos, Domine), se les habrá puesto Imagine Blowin’ in the Wind o We Shall Overcome; nuestros bachilleres no sabrán distinguir Parsifal de La Verbena de la Paloma, pero seguro que reconocen y hasta pueden cantar alguna de esas tres canciones. Y este es el origen de buena parte de nuestros males: la Contracultura ha expulsado de las aulas a la Cultura, y con ella a los valores que han formado nuestra civilización y que ahora hay que desterrar porque resultan maduros, viriles, anticuados, exigentes, incómodos y elitistas. Pero no sólo por eso, en el indisimulado proceso de degradación intelectual y material de los europeos, es más que necesario que los valores que vertebran una sociedad digna desaparezcan o se les contemple como sujetos de irrisión cuando no de repulsa: la patria, la religión, la propiedad, el sacrificio propio, la moral, la familia… todo ello se destruye en aras de la felicidad, algo completamente subjetivo, que depende de los gustos y del momento de cada uno, que sólo puede originar una perpetua insatisfacción y un narcisismo hipertrofiado. La búsqueda de un imposible es el veneno que está destruyendo a Occidente y que nos sumerge en las arenas movedizas del nihilismo. Felicidad es el mito que justifica la ideología de género, el carpe diem vulgar, sin principios ni estética, e incluso la renuncia a la propia defensa y a la propia identidad; es el elemento que desintegra toda pretensión colectiva, toda entrega a una empresa superior. Pero, como le respondió De Gaulle a Emmanuel d’Astier cuando éste le preguntó si era feliz: D'Astier, vous êtes complètement stupide. Le bonheur, ça n’existe pas [D’Astier, usted es completamente estúpido. La felicidad…, eso no existe]Y el ególatra de Colombey tenía razón: la felicidad es tan subjetiva, tan variable y tan efímera que si existe es como un breve soplo, un instante, un fulgor, un estremecimiento, un brevísimo segundo de plenitud y, por lo general, una memoria nada fiable de cuando éramos felices. Algo, curiosamente, muy de quinceañero.

No es de extrañar que, al producirse un atentado islamista, aparte de los peluches, las velitas y los eufemismos al uso, se cante Imagine, que no es sino una forma de cerrar los ojos, como el niño que no quiere ver la dura realidad y se refugia en sus ensoñaciones. Mientras se certifica con sangre que la religión, la patria y el deber existen y exigen, los europeos crepusculares prefieren seguir con su ilusión narcisista y negar lo evidente: Imagine.
   

jueves, 13 de julio de 2017

¨El joven católico frente al mundo actual¨. (Monseñor Williamson-2006)


El Rock, Música de la Revolución Anticristiana (Monseñor Williamson-2006)


CANONIZACIÓN LIBERAL


UN CUENTO DE HADAS




Queridos amigos y benefactores, permítanme contarles un cuento de hadas.
Había una vez una pequeña y linda niña nacida en una familia que ocupaba un alto rango en el reino. Su nombre era Diana. Por supuesto, su padre y ma­dre habrían debido comportarse de acuerdo a su ran­go, porque para eso están las clases altas. Desafortu­nadamente, cuando Diana tenía sólo seis años de edad, su madre se escapó de su hogar, lo que fue un mal ejemplo y un cruel golpe para todos los niños de la familia.
De todos modos, Diana creció y se convirtió en una hermosa joven mujer que amaba ir a fiestas. He­te aquí que el Príncipe del reino y heredero del trono era unos cuantos años mayor que Diana y no le gus­taban las fiestas; amaba a una mujer llamada Camila, pero Camila estaba casada con otro hombre. Así, cuando el Príncipe se encontró con Diana, ambos se enamoraron y se unieron en matrimonio. La boda fue como un cuento de hadas. Todos los súbditos es­taban alegres con su nueva Princesa; era la delicia del reino.
Cuando se convirtió en la madre de dos saluda­bles hijos, William y Henry, que podrían luego suce­der en el trono de su marido, los súbditos estaban aún más contentos. Pero las cosas no iban bien entre el Príncipe y la Princesa. Ambos amaban a sus hijos, pero ya no se tenían más amor mutuo. Y así, a pesar de que como heredero y heredera al trono ellos habrían debido dar el mejor ejemplo al reino, el Prínci­pe aún amaba a Camila y la Princesa aún amaba el ti­po de fiestas que tal vez fueran más adecuadas para jóvenes solteras, pero ciertamente no para una futura Reina. Como resultado, cada uno de ellos le fue in­fiel al otro, comenzando de allí en más a vivir desdi­chadamente.
Ahora bien, si se hubieran guardado esa desdicha para sí, tal vez habrían salvado el hogar para sus hi­jos. O si hubieran permitido que muy pocos supie­ran de sus respectivas infidelidades a los votos matri­moniales, tal vez no hubieran dado mal ejemplo a los súbditos. Pero los súbditos de este reino eran corrup­tos. No les molestaba el mal ejemplo, tal vez porque el mismo les permitía estar más libres para ser infie­les ellos mismos.

martes, 16 de agosto de 2016

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS





El reciente episodio protagonizado por esa piltrafa llamada Gustavo Cordera es un símbolo de nuestra tan mentada transformación cultural. Nada más progre que Cordera, nada más repugnante. Este individuo epiceno y embotado se jacta de haber asistido a varias sesiones de ayauhasca en la selva, ritual cool si los hay en la progresía sedienta de pseudomísticas. Condensó su evangelio humanocéntrico en la obscena Soy mi Soberano, que podría haber sido redactada por un ángel caído si se perdonan los ripios y las torpezas. Mostró obscenidades y vulgaridades y todo con un fuerte sentido luciferino, detectable en otros exponentes de nuestra gloriosa subcultura –como el conjunto preferido de Aníbal Fernández- formada por el humus y las heces de la droga, el resentimiento, la abyección y la náusea.

Las bellas almas de la progresía se rasgan ahora las vestiduras, porque el sujeto en cuestión exaltó el estupro y aseguró que ciertas mujeres necesitaban ser violadas.  Novaresio mesó sus barbas, Domán estalló en indignación, la directora de Barcelona –tan luego- se ofendió. Y sin embargo, las declaraciones de Cordera ilustran el fondo nihilista y característico de la moral de horda de la versión progresista del pensamiento latinoamericano. Mientras que en otras latitudes viste tweed, se expresa con rigurosidad y eventualmente mantiene ciertas formas que tienden al paganismo, el progresismo argentino y latinoamericano no es más que el retroceso al estado de barbarie prehispánica, la degradación entrópica de la cultura en horda, sobre todo en lo sexual, en la transgresión del incesto, en la abyección que campeaba por sus fueros antes de que el glorioso Portador de Cristo pisara tierra americana. El Kirchnerismo oficializó esa cultura el día que elevó a status matrimonial el “casamiento homosexual” y una Morsa de bigotes blanquecinos defendía a los pibes y a la legalización de la droga. El mal trabajo se hizo mal, y hoy la sociedad se divide entre progres enragé y progres moderados, más un enorme rebaño de corderos en silencio que engullen los pastos de los tópicos progres con mansedumbre.

lunes, 15 de agosto de 2016

LA MUJER MODERNA




La mujer moderna se ha hecho igual al hombre, pero no es feliz. Ella se ha “emancipado”, lo mismo que un péndulo quitado de un reloj que ya no cuenta con la libertad de mecerse, o como una flor que ha sido librada de sus raíces. Ella se ha devaluado en su búsqueda de la igualdad matemática en dos formas: al convertirse en una víctima del hombre y en una víctima de la máquina. Ella se convirtió en una víc­tima del hombre al convertirse únicamente en el ins­trumento de su placer y atendiendo a sus necesidades en un intercambio estéril de egoísmos. Se convirtió en víctima de la máquina al subordinar el principio crea­dor de la vida a la producción de las cosas que no tienen vida, lo cual es la esencia del comunismo.

No se trata de condenar a la mujer profesional, ya que la pregunta importante no es si una mujer en­cuentra favor a los ojos de un hombre, sino más bien si ella puede satisfacer los instintos básicos de la mu­jer. El problema de una mujer es ver si a ciertas cualidades otorgadas por Dios y que son específica­mente de ella, se les está dando una expresión total y adecuada. Estas cualidades son principalmente devo­ción, sacrificio y amor. Éstas no necesariamente deben expresarse en una familia, ni siquiera en un convento. Pueden encontrar una aplicación en el mundo social, en el cuidado de los enfermos, los pobres, los igno­rantes; en las siete obras corporales de misericordia. Algunas veces se ha dicho que la mujer profesional es dura. Esto puede ser cierto, en algunos momentos, pero si es así no es debido a que tenga una profesión, sino porque ella ha separado su profesión del con­tacto con los seres humanos, de modo de poder satis­facer las más profundas ansiedades de su corazón. Pue­de ser muy posible que el actuar contra la moral y la exaltación de los placeres sensuales como propósito en la vida, se deban a la pérdida del objeto espiri­tual de la existencia. Después de sentirse frustradas y desilusionadas, estas almas se aburren, primero, luego adoptan el cinismo y finalmente el suicidio.

miércoles, 6 de julio de 2016

EX-LIDER FEMINISTA KUBY: "DETRÁS DE LA OFENSIVA CONTRA LA FAMILIA ESTÁN ROCKEFELLER Y BILL GATES"





Conversar con Gabriele Kuby, reconocida socióloga alemana, autora y conferenciante, es percibir enseguida por qué conforma todo un referente internacional en la defensa de la familia y la libertad.

En su último libro, "La revolución sexual Global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad", Kuby profundiza en su denuncia de la ideología de género. La obra, traducida ya a siete idiomas, se ha convertido en todo un instrumento de resistencia cívica en esta crucial batalla que se libra en Occidente entre el nuevo totalitarismo y la familia.

No es extraño que la autora haya sido atacada y perseguida de forma furibunda por el lobby gay. Nada menos que una obra de teatro le han dedicado. Se trata de El miedo, del dramaturgo homosexual Falk Richter, estrenada hace unos meses en Berlín. La obra comienza presentando a Kuby y a otras cuatro activistas profamilia como “zombies” nazis revividos de sus tumbas de 1945, merecedoras de mofas y, finalmente, de “un tiro en el cerebro”, como acababa señalando un actor al público, tachándolas de “amenazas contra la humanidad”. Pocas horas después de este estreno, el vehículo de una de las vilipendiadas apareció calcinado; una semana después, otra denunciaba un atentado similar.

De todos estos temas tratamos abiertamente con Gabriele Kuby.

“El relativismo y la anulación de la concepción cristiana del hombre son bases de esta revolución sexual con graves consecuencias: destrucción de la familia y crisis demográfica”

En “La Revolución Sexual Global” trata de alertar de las graves consecuencias de esta ideología. ¿Por qué es importante concienciarnos de ello?

Según se entienda la sexualidad, así irá la familia. Según sea la situación de la familia, así será la de la sociedad. Las normas sexuales tienen una influencia decisiva en la construcción de todo el edificio que conforma la cultura. El antropólogo Joseph Daniel Unwin, profesor de Oxford en la década de 1930, mostró en su libro Sexo y Cultura [J. D. Unwin, Sex and Culture, Oxford University Press 1934] que la Cultura con mayúsculas sólo puede existir con unas claras normas sexuales.

La cultura cristiana europea se basa en el ideal de la monogamia. Ahora asistimos a una revolución cultural que derroca la moral sexual. Las graves consecuencias que se derivan de ello son obvias: la destrucción de la familia y la crisis demográfica. Pero los poderes mundiales siguen obligando a todas las naciones a emprender esta revolución sexual.

jueves, 23 de junio de 2016

LA MODA EN UNA SOCIEDAD NEOPAGANA





Monseñor Antonio de Castro Mayer escribía, en la década de los setenta, que en una sociedad neopagana la moda se aleja cada vez más de las virtudes cristianas, (1). La ropa, especialmente la femenina, nos sume en un ambiente sensual. Las jóvenes, asimismo, entran en las iglesias, frisando el “sacrilegio local”, con vestidos ajustados y escotados, con minifaldas que al sentarse dejan ver partes (“menos honestas” o “deshonestas” sin más) que deberían permanecer tapadas. El cardenal Giuseppe Siri escribía en 1964 (2) que los pantalones femeninos alteran la psicología de las mujeres, y conducen a una inversión de los papeles en que es «la mujer la que lleva los [...] pantalones [...]». Ahora bien, proseguía el purpurado, la moda cambia de continuo, pero la moral es inmutable. De ahí que debamos prestar atención a los bailes modernos y sensuales, a las piscinas mixtas, a los escotes amplios; además, está bien evitar las mangas cortas en la Iglesia, así como el uso de los pantalones cortos tanto por parte de los hombres cuanto de las mujeres, por respeto al lugar santo. Hoy, por desdicha, la moda de la “almilla” estrecha (*) (en todos los sentidos), los escotes generosos y las mangas casi inexistentes hacen a la indumentaria gravemente pecaminosa en sí. Con razón Monseñor Pier Carlo Landucci recuperaba (3), en la década de los sesenta, un artículo de Monseñor Ernest Jouin, quien escribía: «A las mangas largas les siguen ahora las cortas; luego desaparecerán también éstas para ceder el puesto a meros “tirantes ” que no cubrirán ya nada»(4).

A los sacerdotes les corre el deber grave de no permitir tales abusos. El cardenal Pietro Palazzini afirmaba en 1968: «Es completamente natural en la mujer la tendencia a adornar su cuerpo; es incluso loable dentro de ciertos límites, pero hay que evitar cualquier exceso. El cuerpo humano es templo del Espíritu Santo. El atavío mujeril debe ser bello y sobrio, en cuanto adorno del cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. Ahora bien, si pasa de ahí debido a una dañada intención de seducir, se realiza una acción objetivamente pecaminosa en materia grave, mientras que si lo hace sólo por vanidad, hay pecado venial» (4). Es reprobable todo vestido que constituya un peligro para la virtud del sujeto (despilfarro de dinero y escándalo activo) y de los demás (escándalo pasivo).

Además de la cuestión moral o pecaminosa, es menester hacer comprender a los fieles que la indumentaria femenina prepara o deforma a las futuras madres (los pantalones, los cabellos cortos, la chaqueta y la corbata mujeriles les quitan a las mujeres el instinto maternal, que es la esencia de la feminidad). El cardenal Siri explica que, de suyo, no hay pecado mortal para las mujeres al ponerse los pantalones con tal de que haya una causa proporcionada que lo justifique (montar en bicicleta o a caballo, esquiar) y de que los pantalones no sean demasiado ajustados (para que no se entrevean las formas); en caso contrario, se ofende gravemente a la moral. Sin embargo, los pantalones femeninos comportan cierto rechazo -tendencial o implícito- de la maternidad, y los niños, que tienen instintivamente el sentido de la dignidad de la madre, son delicadísimos al respecto y perciben la oposición que se da entre la moda y la razón o naturaleza maternal. El niño tiene una especie de sexto sentido que lo hace muy sensible a la ligereza, el exhibicionismo y la tendencial infidelidad materna, que repercutirá psicológicamente en su vida de adulto y que podría marcarlo negativamente, hasta de manera bastante grave y peligrosa (droga, alcoholismo, suicidio, delincuencia, homosexualidad).

Pueden imaginarse fácilmente las consecuencias de la moda indecente femenina: familias rotas (divorcios o separaciones, con traumas psicológicos muy elevados en los hijos), vidas truncadas (suicidios o toxicomanías), degeneración moral, depresión y abandono de los viejos. Cosas que podían hacer sonreír y parecer irreales a finales de los años cincuenta, pero que, por desgracia, se han convertido hoy en el pan nuestro de cada día. Pío XII enseñaba que el pudor femenino de hoy prepara para los deberes maternos del mañana (5). Decía: «Si no sois púdicas hoy [años cincuenta], no seréis madres capaces mañana [años setenta-ochenta: leyes sobre el divorcio y el aborto]». ¡Nunca hubo una previsión más verdadera! Una de las concausas principales de la gangrena del mundo actual es la amoralidad del mundo femenino y materno. La juventud crecerá ligera, frívola, irresponsable e inadaptada, tanto física cuanto psicológicamente, para la vida matrimonial (que hoy naufraga al 90%).

REVISTA THC: CULTURA CANNÁBICA CRIMINAL PARA IDIOTIZAR A LA SOCIEDAD ARGENTINA




Juan Manuel Soaje Pinto entrevista al Tte. 1/o, Dr. Norberto J. Casais, médico clínico, militar, historiador y escritor; autor de obras como "Ricardo Guitierrez, médico soldado y poeta: Origen del Hospital de Niños"; y "La sanidad argentina en la Guerra del Paraguay", entre otras... ¿Qué hay detrás de la legislación, el financiamiento, la propaganda y la instalación cultural del consumo de drogas en la sociedad actual? Tras la pretendida conquista de D.D.H.H., se esconde un entramado político/empresarial cuyo objetivo es instrumentar y aplicar una de las políticas más nefastas que se han concebido en las más altas esferas del poder financiero global, y cuyo único objetivo es socavar la integridad y los valores de una sociedad bien constituida, para mantenerla irreflexiva, dócil e incapaz de ser artífice de su propio destino.

viernes, 10 de junio de 2016

LOS ADOLESCENTES







Por Mons. Fulton J. Sheen

La adolescencia o sea la edad de los trece a los diecinueve años, es la breve hora entre la primavera y el verano de la vida. Antes de llegar a la adolescencia, hay muy poca individualidad o personalidad, pero en cuanto la adoles­cencia se inicia, la vida emocional adquiere el carácter de su ambiente, como el agua toma la forma del recipiente que la contiene. El adolescente principia a ser consciente de sí mismo y de los otros y por lo tanto, empieza a vivir en soledad. La juventud se siente mucho más solitaria de lo que muchos maestros o profesores suponen; quizá el adolescente agoniza en la soledad de espíritu más grande que encarará durante su vida, hasta llegar a la madurez, cuando el sentido de culpas no redimidas empieza a pesarle sobre el alma adulta.
Entre más proyecta el adolescente su personalidad sobre el mundo que le rodea, más parece alejarse de él. Es como si entre su alma y el mundo existiera un muro. Nunca se autoanaliza por completo. Así como al niño le toma mucho tiempo dominar la coordinación entre sus ojos y manos, igualmente el adolescente tarda en ajustarse a este mundo extenso, al que se siente tan extrañamente unido. No puede tomar las cosas como vienen; la nove­dad, nuevas experiencias emocionales, grandes esperanzas y sueños, inundan su alma, cada una de ellas exigiendo atención y satisfacciones propias. No confía su estado emocional a otros; vive, sencillamente. Es difícil para el adulto penetrar a través del cascarón en que se refugia. Como Adán después de su caída, se esconde para no ser descubierto.
Con la soledad aparece en el adolescente un gran deseo de que se fijen en él, ya que la vanidad es un vicio que ha de reprimirse desde temprano. El afán de notoriedad explica las maneras ruidosas de algunos. Esto no sólo atrae las miradas de otros, sino le hace experimentar un sentido latente de rebelión contra los demás y afirma el hecho de que vive para sí, a su propio estilo y como más le agrada.
Con esta cualidad de impenetrabilidad, se convierte en imitador. En rebelión contra lo establecido y gobernado principalmente por impresiones fugitivas, se asemeja al camaleón, que toma el color de los objetos sobre los que se coloca. Se vuelve un héroe o un bandido, un santo o un ladrón, según el ambiente de sus lecturas o sus compa­ñeros. Este espíritu de imitación se revela en el traje. Pantalón de mezclilla, camisa fuera del pantalón y col­gando como bandera de un ejército derrotado, corte de pelo al estilo de los salvajes de Oceanía; todo esto se hace universal entre la juventud que tiene miedo de “ir contra la corriente”.
Existen muy pocos dirigentes naturales entre los ado­lescentes, pues la mayoría se conforman con seguir a los otros. Y esta imitación inconsciente es un peligro moral, porque el carácter depende de la habilidad para decir “no”. A menos que la educación dé a los adolescentes un entrenamiento de la voluntad, éstos entrarán en la edad adulta convertidos en esclavos de la propaganda y la opinión general y permanecerán así el resto de sus vidas. En vez de crear, imitan. Crear es reconocer el espíritu de las cosas. Imitar es sumergir la personalidad en el fondo más bajo de la masa.

“LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA”, DE JOHN SENIOR





El año pasado (2015) publicábamos aquí algunos párrafos del hermoso libro de John Senior titulado “La restauración de la cultura cristiana” que gentilmente nos había enviado su traductor, Rubén Peretó Rivas.
Hace pocos días nos ha llegado la hermosa noticia de que el libro ya se encuentra a disposición aquí.
Con presentación de Natalia Sanmartin Fenollera, autora de “El despertar de la srta. Prim”, ofrecemos el índice y algunas líneas inspiradas en su prólogo.
Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi


  • Índice
  • LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA
  • 1. La restauración de la cultura cristiana
  • 2. El holocausto climatizado
  • 3. La agenda católica
  • 4. Teología y superstición
  • 5. El  espíritu de la regla
  • 6. La solución final para la educación liberal
  • 7. Las tinieblas de Egipto

Leer La restauración de la cultura cristiana equivale a asomarse a lo que fue una de las experiencias más extraordinarias, y silenciadas, del ámbito educativo y religioso de las últimas décadas.
En el mismo momento en que en París, durante 1968, los estudiantes armaban barricadas en las calles y arrojaban bombas incendiarias y que, pocos años después, sus colegas americanos incendiaban edificios universitarios y asesinaban policías, tres profesores comenzaban con un experimento insólito: enseñar en la universidad que la verdad existe y que puede ser conocida. Ellos eran católicos, pero su programa de estudios no lo era. Su tarea consistía en enseñar los clásicos e inculcar en sus estudiantes el amor por el conocimiento y por el legado de la civilización occidental y lo que parecía una iniciativa disparatada y condenada al fracaso, consiguió una gran aceptación.